¿Alguna vez sentiste que no podías más? ¿Que te querías rendir porque no sabías cómo? A veces queremos ayudar a alguien a mejorar. Enseñarle algo a un estudiante o a alguien del equipo. Y a veces, simplemente, nada parece funcionar.
Y entonces aparece la tentación de rendirnos doblemente: nos rendimos con el otro y con nosotros mismos. Entonces, ahí sí que se terminó todo.
Tal vez, ese punto es como un gran trampolín. Como el punto más apretado del resorte antes de saltar, de impulsar. El momento de tensión máxima.
Porque la única chance de innovar es saber que hay algo que quiero hacer diferente, que necesito hacer diferente. Y porque la única puerta al aprendizaje es la humildad de saber que no sé.
No es tan sencillo como decir que «el que quiere, puede», pero sí es verdad que el que quiere, apuesta, busca, va por más. Y también es verdad que cuando nos asociamos, podemos más.
Un aula inclusiva tiene que ver con brindar suficientes y variadas oportunidades para que cada uno despliegue al máximo sus diversas potencialidades. Los equipos inclusivos tienen que ver con lo mismo. Con descubrir en cada uno sus talentos y buscar juntos cómo potenciarlos.
Entonces, cuando te sientas así, frustrado, sin expectativas…
Cerrá los ojos y preguntate ¿qué voy a aprender de esto? ¿qué me falta descubrir? ¿qué estoy perdiendo de vista? ¿quién me puede ayudar a mirar esto desde otro ángulo?
Te aseguro que en ese momento que lo hagas, más allá del resultado final, ya habrás comenzado a innovar, ya el resorte se habrá liberado para impulsarte.